miércoles, 13 de mayo de 2009

Ciudad y campo (...o playa)




















Aparentemente, la separación formal entre ciudad y campo se rompe a partir de la Revolución Francesa y las transformaciones económicas y tecnológicas posteriores han ido integrando física y funcionalmente el espacio de modo que, hoy en día, las actividades y las formas de vida urbanas se han esparcido sobre la totalidad del territorio que se ha convertido en una ciudad sin confines. No obstante, ese espacio ilimitado está lleno de límites desde el punto de vista social y administrativo y la extensión de la ciudad sobre el territorio no ha hecho desaparecer las viejas divisiones del espacio sino que simplemente ha transformado su carácter y expresión. La ciudad sin confines es al mismo tiempo una ciudad confinada. En vísperas de ese estallido revolucionario que transformaría la historia y la cultura de los siglos siguientes, la ciudad todavía se definía como un conjunto de casas, edificios y plazas articuladas por calles y cerradas por una cerca común. Un recinto cerrado por murallas que contenía barrios diversos de carácter más o menos diferenciado: la idea se había venido forjando desde los tiempos altomedievales y llegó a su culminación (jamás encontrada, por cierto) en las ciudades ideales que propugnaban los teóricos y artistas del Renacimiento. Ciudad y campo eran realidades separadas, pero próximas, y esa dualidad les permitía mantener un diálogo permanente que se mantenía en constante transformación.














La población urbana que marcaba el ritmo e iba organizando su espacio, estaba influida por un entorno artificializado, construido, eminentemente cultural, que se imponía sobre los ciclos de la naturaleza limitando en parte su importancia; pero esas jóvenes ciudades eran producto del proceso de crecimiento de la población; eran aún pequeñas y quedaba aún en ellas mucho del pueblo original pues estaba muy próxima la abierta e interminable extensión del campo como elemento dominante del paisaje. Por esa razón sus rasgos sociales tendían a ser más homogéneos y en lo personal existía un comportamiento más participativo de cada habitante que conservaba un sentido de pertenencia que contrarrestaba otras diferencias sociales. El campo necesitaba de la ciudad como una evidencia cotidiana: a la ciudad llegaba el campesino para comprar y vender, para adquirir bienes para su propia subsistencia o trabajo, para realizar trámites o consultas a profesionales; más adelante, para concretar operaciones bancarias; contratar personal, buscar transportes, utilizar servicios culturales, educativos, sanitarios o para disfrutar de su tiempo libre. Cuando una crisis afectaba al campo, repercutía en la dinámica urbana y gradualmente afectaba a todos ya que el binomio ciudad-campo conformaba una comunidad que funcionaba como un sistema complejo; lo que perjudicaba a alguno de los subsistemas terminaba afectando al otro.














Resulta curioso que el acto más significativo y celebrado de la Revolución Francesa sea el asalto de la fortaleza prisión de La Bastilla parisina (en la que, por cierto, a la sazón solamente quedaba un prisionero en su interior) y la demolición subsiguiente y subasta de sus restos como material de construcción. Pero el fenómeno no para ahí y prosigue con la demolición de las antiguas murallas, las puertas y las barreras de control que separaban la ciudad del campo, pues esos elementos representaban para los ciudadanos los antiguos símbolos del poder real (o feudal, en ocasiones) de modo que la supresión de esos elementos de la historia se veía como un elemento más del progreso social. La ciudad de los ciudadanos, que no ya de los súbditos, empezó entonces una transformación radical y progresivamente acelerada, de forma que para finales del siglo XIX eran ya pocas las ciudades que habían mantenido sus puertas y elementos defensivos, ya inútiles por otra parte ante los avances de la técnica militar. También resulta paradójico que la siguiente frustrada revolución francesa de la Comuna de 1871, se libre, no ya ante murallas o castillos sino en barricadas dentro de lo que quedaba de las calles del viejo Paris, y también que las siguientes reformas urbanísticas del barón Haussman, que crea los modernos bulevares no tenga otro objetivo que permitir el paso de una pieza de artillería del calibre adecuado para poder derribar las frágiles barricadas erigidas por eventuales elementos revolucionarios.
















Antes de esa época era impensable librar una batalla urbana de ese tipo, pues las murallas las evitaban; son raros los casos de ciudades que antes de esos tiempos fueran tomadas al asalto: lo normal era sitiarlas y rendirlas por falta de suministros, sin que normalmente se produjeran desórdenes o saqueos ante la rendición. Las consideraciones prácticas, unidas al recuerdo de los antiguos horrores, pero también la tecnología de fortificación de pólvora cuyo máximo exponente fuera el ingeniero real Vauban habían producido ese equilibrio. La supresión de esos elementos defensivos por los propios habitantes de las ciudades animados por la revolución burguesa producirá, a la larga, un sometimiento del campo a la dominación de la ciudad, con la desaparición de ese equilibrio delimitador que, como el fiel de una balanza, establecía las diferencias entre campesinos y burgueses, con históricos beneficios para ambos.















El nuevo modelo de producción industrial procura el resto de la transformación, y si bien a mediados del s. XIX las ciudades son todavía claramente diferenciables en su morfología, la progresiva mecanización de la agricultura y la implantación de la industria sobre el territorio hace que la realidad del campo y la de la ciudad se conecten para formar espacios en los que predominan actividades y formas de vida que se asimilan torpemente a las antiguas formas urbanas, pero sin que exista una separación clara entre ambas. Las nuevas zonas suburbiales (etimológicamente “bajo la ciudad”) de carácter industrial se pueblan bien con emigración rural o bien con ciudadanos de bajas rentas que deben abandonar los nuevos centros de la nueva ciudad. La realidad urbana refleja ahora la disolución de los conceptos tradicionales de campo y ciudad y el resultado final de esa transformación convierte a cada pueblo en parte de la gran telaraña, en la cual la distinción está ya basada en la nueva estructura económica.











Así, el centro de la ciudad será el núcleo donde tradicionalmente se han concentrado las funciones de jerarquía, en donde se encuentran los principales monumentos simbólicos y donde se genera en buena parte la imagen de lo que empieza a ser el principio de una metrópoli. Curiosamente ese centro no es siempre permanente, y en ocasiones se desplaza de acuerdo con la estructura poblacional y, desde luego, con las condiciones de negocio, pues esa será, precisamente, la condición central de la nueva ciudad: no se trata ya de que las formas de vida urbana o las relaciones funcionales crucen claramente los limites administrativos sino que en muchos casos es el mismo espacio construido lo que se extiende sobre diversas unidades administrativas y eso produce una continuidad del fenómeno urbano por encima de las demarcaciones jurídicas o administrativas.




















La incapacidad de esta estructura para abarcar la complejidad del fenómeno produce que la ciudad integre eventualmente espacios construidos que no tienen continuidad física entre ellos y a menudo se encuentran incluso a gran distancia, y por otra parte la creciente reivindicación por parte de los ciudadanos de espacios abiertos como una antigua añoranza del campo perdido. Para explicar la situación, baste el ejemplo del ajardinamiento de las antiguas plazas mayores de algunas ciudades, pensadas inicialmente para ferias, celebraciones o espectáculos públicos, con arbolado o jardines exóticos, tan frecuente durante el último cuarto del siglo XIX, y las posteriores protestas del vecindario cuando, mucho después, la autoridad municipal ha vuelto a poner las cosas más o menos como estaban antiguamente (aunque el motivo real fuese en ocasiones la creación de aparcamientos para vehículos). Sin embargo, la creación de nuevos parques, la protección de espacios fluviales o la implantación de reservas de suelo como elementos estructurales de las nuevas áreas de la metrópoli sólo ha sido tomada en cuenta de forma muy tardía. Otro tanto puede decirse en la creación de servicios que cubran las necesidades de ampliación de esos conjuntos: existe un ejemplo reciente en un pueblo de la provincia de Toledo en el que se ha creado una ciudad para catorce mil habitantes sin un solo servicio público con la aquiescencia de las autoridades correspondientes. Hoy en día, las áreas funcionales se basan fundamentalmente en redes de relaciones en las que la movilidad de las personas, el movimiento de las mercancías y los flujos de información generan redes sobre el territorio urbano integrando espacios que no tienen a menudo continuidad física. Pero sin embargo esta definición tiene como problema que cada función urbana tiene un espacio propio que también es variable a lo largo del tiempo lo que acarrea que las delimitaciones sean necesariamente restrictivas al tomar en cuenta una sola función.















La ruralidad se ha asociado a la presencia de un alto porcentaje de población activa en el sector primario, unido a la existencia de bajas rentas, la dificultad para acceder a determinados servicios y la persistencia de hábitos y estructuras familiares anticuados. Sin embargo, una aproximación más rica y sutil a la hora de tratar de definir la ciudad desde una perspectiva económica es su consideración como artefacto productivo complejo gracias a la acumulación de actividades que le permite aumentar la eficiencia y reducir así los costes. Más que tratar de definir la ciudad en abstracto, lo importante es entender su proceso de urbanización. De ese modo, el problema urbano no consistiría en estudiar unas entidades casi naturales, bien se llamen ciudades, suburbios, zonas rurales u otras denominaciones, sino más bien el estudio de los procesos sociales que producen realidades espacio-temporales nuevos y diferentes. Sin embargo, el concepto de ciudad puede ser útil ciertamente como instrumento para el análisis histórico, es decir, para el estudio de estructuras preexistentes cuyo legado condiciona y mediatiza las transformaciones hoy en curso. La utilidad del concepto de “ciudad difusa” es, precisamente, la de definir un momento particular en este proceso histórico: aquel en el que las redes de relación abarcan ya la totalidad del territorio y hacen ciudad de todo él.


















Esta ciudad poco delimitable y sin confines es, sin embargo, una ciudad confinada desde otros puntos de vista: en primer lugar, sociales y funcionales y, en segundo lugar, políticos y administrativos. El paso del crecimiento intensivo al desarrollo extensivo del espacio urbano no se traduce necesariamente en una mayor igualdad de oportunidades para los ciudadanos a la hora de acceder a la renta, los equipamientos y los servicios, aunque el proceso de difusión de la ciudad sobre el territorio pueda tener en este campo efectos que resultan sin duda positivos en forma de una homogeneización relativa en las dotaciones. Ahora bien, esto no afecta por igual a todas las actividades económicas y son distintos los comportamientos de los sectores de alto y bajo valor añadido. Así, el territorio de esa ciudad difusa, además de conocer nuevas formas de segregación social, presenta nuevos tipos de especialización funcional. En este contexto, la fragmentación del espacio en un gran números de niveles y unidades administrativas es, al mismo tiempo, causa y reflejo de las división económica y social del territorio.


















La creciente complejidad de la gestión de los servicios y equipamientos urbanos ha conllevado en muchos lugares la creación de estructuras administrativas sectoriales que se ha favorecido conscientemente, para aplicar determinadas políticas e imposibilitar otras en base a la fragmentación administrativa de los ámbitos metropolitanos. Empresas y corporaciones se pueden valer de la fragmentación administrativa para conseguir de unas autoridades locales en competencia entre sí mejores servicios a cambio de impuestos más bajos sin que la capacidad de éstas para captar el retorno a favor de la comunidad local resulte siempre evidente. Si la producción consigue transferir algunos costes hacia el presupuesto local escapando a los impuestos puede ampliar con éxito sus beneficios a expensas de los asalariados. Esto tiene la apariencia de una pugna sobre los recursos para el consumo y no sobre los retornos de la producción, pero es esencialmente el mismo conflicto. Las muestras de cómo la fragmentación administrativa favorece las divisiones sociales en una ciudad difusa podrían alargarse más con los problemas que plantea para un planteamiento urbanístico integrado y también con las dificultades de políticas sociales redistribuidas en un mismo espacio urbano. La especialización funcional, la segregación social y la fragmentación administrativa se alimentan mutuamente para levantar y reforzar un laberinto de confines en la ciudad sin confines, hasta hacer que esa ciudad se vuelva ingobernable.












La indefinición de los límites de los espacios metropolitanos y la proliferación de divisiones administrativas en su interior contribuyen poderosamente, como hemos visto, a las tendencias espontáneas de diferenciación social de los espacios urbanos. Otros costes son aún los que se derivan de la pérdida de eficiencia administrativa y legitimidad democrática de unos entes locales que se corresponden cada vez menos con el espacio de vida de los ciudadanos. Así, administrativamente fragmentada, la ciudad difusa es no sólo la red de relaciones de la que se ha hablado, sino también una trampa para capturar a los más débiles mientras permite escapar a los poderosos. Faltas de un diseño apropiado, democráticamente definido por los ciudadanos y aplicado de acuerdo con intereses mayoritarios, los espacios urbanos no serán ya ciudades. Serán, más bien, mosaicos de parcelas social y funcionalmente especializadas, yuxtapuestas sin otro principio ordenador que el de la renta y el privilegio social. El desarrollo reciente de algunas de las grandes áreas urbanas provee indicios respecto hada dónde puede conducir, en una sociedad avanzada, un desarrollo urbano de este tipo, sometido de forma abrumadora al dictado de los intereses privados.














La transformación física del espacio es un factor importante en este proyecto de mejora, ya que, como se ha visto, la configuración del territorio es al mismo tiempo elemento resultante y elemento condicionante de los procesos sociales que en él tienen lugar, es decir, que en ese espacio las formas creadas se vuelven creadoras. Pero además de actuar sobre la forma urbana se deberá intervenir también en otros campos decisivos, y, en particular, sobre la organización de la producción y el consumo. Uno de los principales requisitos para dotarse de un proyecto de este tipo es adaptar las estructuras políticas y administrativas a los requerimientos de las nuevas dinámicas territoriales.




















A gran escala, el reto principal es dotar los espacios urbanos de mecanismos de gobierno que, sin destruir las identidades locales, ni anular la riqueza que se deriva de ellas, permita planificar y gestionar unidades significativas del territorio como regiones metropolitanas enteras. Y para establecer esos mecanismos se debe proceder necesariamente a delimitar espacios urbanos. Esta delimitación no debe tratar de recrear las desaparecidas barreras entre ciudad y campo. Se ha visto cómo, a lo largo de la historia la ciudad existió en tanto que existía una ausencia de ciudad que la rodeaba, creada quizá por ella misma con tanta o más precisión que la ciudad central, la ciudad periférica, el suburbio, el borde urbano, el alfoz árabe, o el espacio suburbano extramuros. La línea que separa estos dos espacios señalando el hasta dónde y desde dónde, resume mejor que ningún otro elemento la idea de ciudad deseada, al excluir o rechazar de forma expresa lo que en cada momento se considera como lo que no pertenece a la ciudad.




















En estos tiempos de la ciudad difusa y cuando las dinámicas urbanas integran todo el territorio, los limites administrativos deben separar los espacios urbanos centrífugos en los que el sustrato histórico, las dinámicas sociales y la escala de las intervenciones aconsejen dotar, y estos no serán el resultado de ninguna evidencia geométrica o territorial concreta, sino de las propias ideas de los ciudadanos. Y siendo la ideología el vehículo espontáneo del pensamiento y de buena parte de las reacciones que se observan, debe someterse a reflexión, si se quiere modificar la estructura territorial. Para hacer frente a los retos planteados por el desarrollo de la ciudad difusa hace falta un proyecto colectivo, y este proyecto ha de incorporar necesariamente como premisa, medio y resultado una delimitación del espacio urbano. Si existe ese impulso colectivo se podrá, en el futuro, hablar propiamente de ciudades en un mundo de ciudades. Esta es la razón por la cual, hay que dotar de nuevos confines a la ciudad sin confines.

2 comentarios:

Fujur dijo...

Creo que hoy te has marcado uno de los posts más eruditos... desde luego!! Gran reflexión y genial exposición del camino "de pueblo a ciudad". La relación de los burgos con su "hiterland" ha sido estudiada por muchos genios. Siendo un tanto presuntuoso, te recomiendo al Maestro Pirenne y sus "Ciudades de la Edad Media" o al propio Max Webber con el libro "La ciudad". Ni qué decir cabe que cualquier obra sobre la ciudad mesopotámica quizá también te interesara (en otro tiempo y circunstancia).

un abrazo!!

M.Monís dijo...

Bueno, Pirenne es una de las lecturas de mi juventud...personaje claro y conciso, lleno de sabiduría, aunque un poco tajante, en ocasiones. M. Webber también lo lei, incluyendo su libro sobre la ciudad (todo el que se preciara de progre...o lo que sea... debía leerlo por aquel entonces). Evidentemente Webber es más coñazo y farragoso; tiene además el ingenuo tinte sectario que proporciona cualquier ideología (en su caso la marxista) con el tiempo, los historiadores marxistas me aburrieron, sobre todo por su linealidad y ese afán de ver la realidad a través de un solo catalejo que muchas veces resultaba desenfocado, aunque otras veces se aproximaba más al objeto en cuestión. Pero en aquella época éramos así, y las explicaciones absolutas nos encantaban. Es cierto que a Fidel le siguen encantando, pero eso es por otras razones mucho más pedestres.

En cuanto a las ciudades de Mesopotamia (desde Ur y antes) eso es simplemente nombrar la historia de la arquitectura, por no decir de la mismísima civilización. Si adoptas lo que yo denomino el "efecto espejo" te darás cuenta que la historia de nuestra cultura (tomando como fiel el nacimiento de Cristo) es absolutamente disimétrica (salvando el salto tecnológico) con lo que antes ocurrió. Es decir, que si consideramos la historia de arte, el pensamiento, la cultura o la civilización en general, la cantidad de acontecimientos decisivos para la historia del hombre es normalmente superior hacia atrás (desde Cristo) que después de él. De hecho, la irrupción del cristianismo en Occidente supuso el origen de casi siete siglos ajenos al progreso real de la humanidad (salvo en los aspectos de la teología).

En lo que se refiere a la arquitectura como hecho asumible por un porcentaje amplio de la humanidad, las cosas han cambiado poco en los últimos cuatro mil años; solamente tienes que ver cualquier documental de la dos para comprobarlo: es cierto, tenemos tecnología (y muchísima gente) pero ese hecho no cambia el espíritu y las condiciones fundamentales del pensamiento del hombre. Piensa, por ejemplo, en el auge de los fundamentalismos religiosos que nos llevan a épocas casi anteriores al neolítico, desde el punto de vista del pensamiento.

Cualquier cosa es interesante en todo tiempo y circunstancia, pues como bien sabes, la curiosidad es la única fuente real de progreso de la humanidad.

Un abrazo, Fujur