
Fue una compañera
constante y leal, aunque siempre dotada de un semblante severo, casi solemne,
que podría decirse. Los perros son así: parecen ángeles caídos en espera de ser
salvados; son solemnes incluso cuando juegan. Estaba dotada de un carácter
independiente, casi insobornable, especialmente cuando volvía a las pasiones
antiguas del acecho y la captura. Nunca se lo fomenté, pero lo tenía siempre en
mente: sólo entonces podía adivinarse en su mirada algo de una ingenua
perversidad, heredera del atávico sentido de supervivencia que parece que todos
tenemos, pero que ellos manifiestan en su total inocencia. En lo demás, era una
perfecta manipuladora que se servía de todos los de su entorno para obtener lo que
más le gustaba: en primer lugar, la comida; era una perfecta trituradora de
todo lo que gustaba a los de la especie humana, a la que intentaba asimilarse
constantemente utilizando su semblante serio al que añadía complementariamente
una cierta mirada de tristeza para obtener sus fines inmediatos.
Había venido de la mano de
Mercedes, en una noche fría del enero del euro. La que luego fue su dueña
verdadera la eligió entre otros tres: era las más pequeña entre ellos y poseía
una capa ruana de color chocolate; mucho después supe de una prima lejana que
del mismo aspecto que era campeona del mundo de caza de becadas, allá en las
landas francesas. Kara nunca supo nada de eso, amén de sus escapadas románticas
(pocas) juveniles y de sus asaltos espontáneos a patos y conejos, cuando se
daba la ocasión. Sin embargo, fue fundamentalmente urbana, si se exceptúan los
veranos en Los Molinos y alguna de las excursiones a Fuenterrabía en donde
reconocía inmediatamente los pastos de su ascendencia inglesa. Permaneció pequeña
durante toda su vida: incluso en sus últimos años la gente preguntaba por su
edad, a pesar de que no veía ya casi nada y creo que había perdido también gran
parte del oído.

Kara no notó apenas la ausencia de Mercedes - al menos eso pienso yo -
de hecho, en su última época, allá por los años 2006 y 2007, Mercedes no estaba
ya mucho en el mundo, literalmente incluso, debido a sus frecuentes
internamientos en los sanatorios, de manera que Kara se había habituado a una
ausencia más o menos continuada que celebraba con saltos y movimientos en
círculo cuando mi hija aparecía en el horizonte..Por alguna razón misteriosa,
esa costumbre se mantuvo con la madre
después de que la niña se fuera: en realidad, Kara era una imagen de la
supervivencia sentimental y se ofrecía al
pùblico sin ningún temor, como una antigua cortesana de Alejandría en espera de
su estipendio: curiosamente, no ladraba jamás, salvo cuando veía invadido su
territorio - el mío realmente - para lo demás, había inventado un curioso
lenguaje de gimoteos y aullidos muy agudos que intentaba asimilarse al habla;
quizá hubiera entendido que los ladridos no eran la forma de pedir adecuada.
Los camareros vestidos de negro eran su público favorito: alguno de ellos le
había dado alguna sobra de solomillo en ocasiones, de manera que debió entender
que esos eran los verdaderos campeones de esa humanidad extraña de seres altos
dueños de las viandas.
La otra afición de Kara era
dormir y eso lo mantuvo hasta sus últimos días, aunque al final se sentaba sin
moverse y fijaba la atención en un punto inconcreto del frente, como si fuera un yogui hindú. Afortunadamente todo eso duraría muy poco: empezó a esconderse en
un lugar secreto del jardín, probablemente para dejarse morir. Gustaba mucho de
viajar en coche y era capaz de hacer dormida viajes de quinientos kilómetros
sin que se notara su presencia. Era un ser realmente especial, o al menos así
la veía yo: cuando estaba en casa jamás se subía a los sofás; simplemente se
aproximaba con su cara de inocencia a pedir permiso. Sin embargo, cuando se
veía sola no dudaba en subirse a sofás y camas pues había descubierto la
sensación impune de lo mullido. En sus últimos años ya no oía, y la descubría
dormida en alguno de ellos, precisamente ocupando mis sitios habituales en los
que se sentía cómoda. A la hora de dormir siempre lo hacía en mi dormitorio,
envuelta en la camisa del día que yo dejaba en el suelo para ella. Se ve que
era su lugar, fiel como era a la devoción de los olores. El último día se
acomodó en el coche. envuelta en su toalla de viaje. Le dije en voz alta que
creía que aquel iba a ser el último, pero Kara era inmutable incluso ante la
mayor desgracia: se ve que los seres angélicos usan de esas maneras. En
realidad me equivocaba y cuando me dieron la noticia de su muerte y fui a
recoger sus cenizas hizo su último viaje de vuelta al jardín, precisamente en
el mismo sitio en el que solía viajar conmigo.
La alojé en el tronco
hueco de un antiguo chopo: el alojamiento era justo y perfecto como si se
hubiera hecho a medida. Para la tapa utilicé una piedra venida del otro lado
del océano y traída hace años a la casa de Los Molinos. Kara vive ahora allí
mientras juega en el cielo de Mercedes. Delante de esa piedra existe una
pequeña pradera donde se instalaba al
mediodía; parecía un minúsculo león de Las Cortes, pero sin la carrera de San
Jerónimo.