martes, 7 de diciembre de 2010

Una reflexión sobre el paisaje en MVLL



Remitido por Ramón de la Mata Gorostizaga.
Profesor Departamento de Composición Arquitectónica.
E.T.S.A.M.
Avda. Juan de Herrera s/n
28040 Madrid.
Vargas llosa escribe en palabras y pensamientos del protagonista del libro, lo siguiente sobre la idea del paisaje…….
....viendo la rutina de los granjeros, pastar las beatíficas vacas y relinchar los caballos de los establos, sin amenazas de fieras, serpientes, ni mosquitos, se encontró un día pensando que esa naturaleza, que delataba siglos de trabajo agrícola al servicio del hombre, poblada y civilizada, ya había perdido su condición de mundo natural-su alma, dirían los panteistas-comparada con aquel territorio salvaje, efervescente, indómito, sin amasar, de la Amazonia, donde todo parecía estar naciendo y muriendo, mundo inestable, riesgoso, movedizo, en el que el hombre se sentía arrancado del presente y arrojado hacia el pasado más remoto, en comunicación con los ancestros, de regreso a la aurora del acontecer humano.../

El sueño del celta.
Mario Vargas llosa
Alfaguara 2010, Santillana ediciones.-pag. 324

Ramón de la Mata puntualiza..."No hace falta añadir que el protagonista está descansando y paseando por unos bellos prados de Inglaterra..."

Y yo, por mi parte, incorporo lo siguiente a la reflexión:

De acuerdo con la opinión de VLL creo que también el mundo de los animales forma parte de ese paisaje que todo lo constituye y que resulta ser una especie de entendimiento del universo que todo lo filtra. de ese modo, el universo no es igual para el "primitivo" que para el "civilizado", pero ambos tiene en si un universo "artificial" ( y seguramente utilitario) en función de su propia visón del mismo. Esa visón global del universo es lo que al final puede concebirse como "paisaje". En consecuencia aquel "mundo natural" que nadie conoce, por otra parte no deja de ser una ilusión, seguramente religiosa, para obtener las raíces del ser en la propia Tierra, unas raíces que son , desde luego, imaginarias, ya que la Tierra no posee una connotación moral, como es obvio, sino que esa connotación se la confieren los morales. Siempre he mantenido que las piedras son inocentes, como pueden serlo hasta cierto punto los animales y las plantas, de modo que es la intelección la que dota a todo de ese contenido espiritual que luego es evocado en forma de "fuerzas primigenias". Y consecuentemente divinizado por la mayoría.














http://www.pintoresfamosos.cl/obras/linnell.htm

En realidad, la propia visión (panteísta, en palabras de MVLL) está articulada por una "previsión" que imagina como deben ser las condiciones "naturales" pero que jamás nadie vió, ya que la propia visión contamina su objeto, al igual que unos y otros vemos de forma diferente las obras de los hombres incluyendo las del Arte. Nadie sabe realmente lo que ocurre en el interior de un volcán en su experiencia, aunque esos fenómenos hasta cierto punto puedan medirse y evaluarse. esa tragedia del conocimiento tiene un famoso y dramático episodio en el suicidio de Empédocles cuando se arroja al cráter del Etna y deja su sandalia en el borde (quizá intencionadamente, aunque tampoco se sabe) de modo que nuestra interpretación abre también el interrogante sobre esa relación, profunda y misteriosa, del hombre con el cosmos.












 http://www.etnabedandbreakfast.com/spa/etna.htm

Creo también que es fundamental distinguir el paisaje como representación física del paisaje como idea. La primera tiene una historia precisa y acotada; la segunda, no. De modo que la arquitectura, como una respuesta inmediata que trata de oponerse ante un medio hostil antiguo tiene esa fuerza conformadora que la hace ser una propia constructora del paisaje bien como emulación del mundo de lo visible "natural" en su vertiente popular, o bien como construcciones del imaginario en su vertiente mas "culta" y ostentosa. Pero el fenómeno de conformación es el mismo, puesto que nace de un acto de pensamiento sobre el medio, de cómo domarlo, utilizándolo y separándose finalmente de él, como ocurre en los bellos paisajes de Nueva York o Chicago.












http://www.jardinfacil.com/arboles/aprendiendo-del-paisajismo-ingles.html

 Su representación es otra historia, pero la génesis de la arquitectura no pertenece al reino de los dibujos, que son la representación siempre abstracta por excelencia basada en un medio que se interpone entre ambos, una interfaz, en términos modernos. Por consiguiente y llevo más de dos años pensando en esto, debe ser la propia actividad del hombre - y desde luego la arquitectónica entre ellas - la que define esa condición de "paisaje" que es una condición también moral, como suele ocurrir entre la humanidad con la idea de "naturaleza". Eso es lo que se deriva de la lectura de MVLL, como la de tantos otros, pero al parecer esa es una carga de la que no podemos prescindir, pues el apoderarse de un reino que a nadie pertenece (o solamente en parte) produce ese retorno como una expiación última del hombre que sustrae algo que no le es propio estrictamente. Los antiguos mitólogos lo entendieron así, y sitúan a Prometeo (o a Caín) como eternos pecadores que retan el orden antiguo con el fuego o con la piedra, aunque jamás nadie supo realmente como era aquel orden y tampoco si existía realmente.

 

http://www.netnewspublisher.com/sydney-harbour-bridge-hosts-breakfast-for-6000-people/

viernes, 28 de mayo de 2010

Tachikawa, en Japón



La base abandonada de Tachikawa, perteneciente a la Fuerza Aérea de los EE.UU. (USAF) en hoy un recuerdo recubierto por la maleza de los tiempos de la posguerra en Japón. El territorio fue anexionado por los norteamericanos poco después de la Segunda Guerra Mundial, en cooperación con el aún activo ejército japonés, para ser abandonado en la década delos 70, cuando la guerra de Vietnam llegó a su fin. Sus tres enormes chimeneas son visibles desde el exterior, de ladrillo rojo y alineadas como los mástiles de un barco sin timón, poco a poco se hunde más profundamente en el mar proceloso de la selva. La pista de aterrizaje está ahora cubierta de hierbas invasivas, y los bosques de bambú han crecido a través de la cimentación de los edificios que una vez sustentaron a los edificios, solamente patrullados por algunos hombres de cierta edad, que montados en sus bicicletas mantienen un ojo vigilante sobre una cerca arruinada que aún subsiste en el perímetro.


mas información en:
http://www.michaeljohngrist.com/2010/05/remnants-of-the-us-air-force-base-in-tachikawa-japan/#more-5542

martes, 25 de mayo de 2010

Un faro en Jutlandia




La luz en el faro de Rubjerg Knude se encendió por primera vez el 27 de diciembre de 1900, operando con luz de gas hasta 1908. Construido en el punto más alto de la ladera costera a unos 60 metros sobre el nivel del mar y 200 metros tierra adentro, el precio de la construcción ascendió a 176.000 coronas, erigiéndose una torre que medía 23 m de altura acompañada de varios edificios secundarios.

Cuando se construyó el faro no existían grandes dunas en su alrededor, pero con el tiempo la línea de costa se aproximó, a la vez que el viento aportaba crecientes cantidades de arena desde el acantilado. La arena se acumuló en el frente y alrededor del faro cegando el pozo de agua y arruinando el huerto que abastecía a las tres familias residentes.


Para fijar las dunas se procedió a la plantación de pino y gramíneas de costa, pero el único resultado fue que las dunas se hicieron más grandes y conforme más se plantaba, más arena se acumulaba. Por fin, la cota fue tan alta que resultaba a veces imposible ver la luz desde el mar.








El 1 de agosto de 1968 el faro se encendería por última vez.
En 1980 se abrió un pequeño museo, y el faro fue el marco para la una exposición sobre su historia y la deriva de la arena mientras que se inauguraba una cafetería en uno de los edificios del conjunto residencial contiguo. Las dunas siguieron moviéndose en dirección norte y este, enterrado lentamente los edificios, de modo que el museo y el resto de las instalaciones se cerraron en 2002.


Mirando fotos de épocas distintas, puede verse a las dunas de arena en movimiento a su alrededor, enterrando a veces alguno de los edificios, y otras descubriéndolos hasta llegar a la ruina definitiva. En la actualidad, el faro y los edificios anexos están abandonados.


La arena se ha desplazado más allá del propio edificio y la naturaleza prosigue su camino. La erosión costera hace que el acantilado avance más y más hacia el interior, mientras que la duna de arena crece continuamente. Hoy en día ha sobrepasado el emplazamiento del faro que se sitúa unos 20 metros por debajo de su cota más alta.


El edificio se sitúa a otros 20 m. del propio acantilado, ya que la erosión de la costa en los últimos años presenta un promedio de avance de aproximadamente 3 metros por año hacia el interior. El faro se hundirá finalmente en la playa en menos de 20 años poniendo así fin a una historia dramática de 125 años de duración.




coordenadas : 57°26'56.02"N 9°46'27.66"E
google map


fotografias en
http://www.artificialowl.net/2009/04/buried-in-sand-abandoned-rubjerg-knude.html

animación 1900-2020 en http://www.rubjergknude.dk/fileadmin/templates/APP/fyretsFald_UK.html

viernes, 21 de mayo de 2010

El último tren a ninguna parte



Este ferrocarril, (Solomon River Railroad) ahora conocido localmente como "el último tren a ninguna parte" intentó unir la ciudad fantasma minera de Solomon a partir del descubrimiento de oro en Ophir (Alaska). La construcción se inició en junio de 1903 con la idea de llevar el oro hasta la costa. Las máquinas se utilizaron originalmente en las líneas elevadas de ferrocarril de la ciudad de Nueva York líneas elevadas en 1881 y luego fueron enviados a Alaska para servir a la línea en proyecto.



Lamentablemente en 1907 la compañía quebró, y posteriormente una gran tormenta ocurrida en 1913 sacó de las vías el material rodante, hasta depositarlo en el lugar en donde se encuentra hoy en día. Al lugar se llega a través de una carretera que se cierra durante el invierno.



Coordenadas : 64°32'45.94"N 164°26'10.11"W.
google map
fotografías:
americanroadside
Jackye Chan

domingo, 22 de noviembre de 2009

Atlantes y Cariátides.


















En la mitología griega, Atlas o Atlante era un joven titán al que Zeus condenó a cargar sobre sus hombros con los pilares que mantenían la tierra separada de los cielos. Fue el padre de las Hespérides, las Híades, Calipso y las Pléyades. La etimología del nombre Atlas es incierta y sigue discutiéndose: algunos lo derivan de la raíz protoindoeuropea *tel, ‘sostener’, ‘soportar’, mien-tras otros sugieren que es un nombre preindoeuropeo. Dado que las montañas Atlas están en una región habitada por bereberes, podría ser que el nombre latino tal como lo conocemos fuese tomado del bereber. De hecho, el sol es llamado a menudo ‘el ojo del cielo’ (Tit), y dado que se pone por el oeste, el océano Atlántico puede ser llamado ‘el lugar de ocultación del sol’ o Antal n Tit. Los griegos podrían haber tomado prestado este nombre para el océano, y usado más tarde su raíz atl- para formar el nombre «Atlas».


















Atlas fue el jefe de los Titanes en la guerra contra los olímpicos. Cuando fueron derrotados, Zeus le castigó a cargar con el peso de llevar los cielos sobre sus hombros. Se contaba que Atlas, a pesar de su superior fuerza, gemía al sujetar la bóveda celeste. También se decía que Atlas reinó en Arcadia hasta ser sucedido por Deimas, hijo de Dárdano, un rey que fundó la casa real de Troya y que dio nombre al estrecho de los Dardanelos. También se dice que gobernó el noroeste de África, donde tenía entre otras riquezas un árbol de hojas y frutas doradas. A este reino habría ido Perseo tras haber matado a Medusa, donde se presentó como hijo de Zeus y pidió hospitalidad a Atlas. Pero éste, que había rodeado su huerto con murallas y puesto un dra-gón a vigilar su árbol dorado, amenazó a Perseo, aconsejándole que se fuera. Entonces Perseo sostuvo la cabeza de Medusa ante los ojos de Atlas, convirtiéndole en una enorme piedra a la que se llamó cordillera del Atlas. Se decía de estas montañas que eran tan altas que tocaban el cielo, aunque sus árboles eran tan densos que impedían subirlas. Otras versiones cuentan que Heracles, engañó a Atlas para que recuperase algunas manzanas de oro del jardín de las Hespé-rides como parte de los doce trabajos encargados al héroe por el rey Euristeo de Micenas. Para lograrlo, Heracles se ofreció a sujetar el cielo mientras Atlas iba a buscarlas. Pero al volver, Atlas no quiso aceptar la devolución de los cielos, y dijo que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo. Heracles le engañó de nuevo, pidiéndole que sujetase el cielo un momento para que pudiera ponerse su capa como almohadilla sobre los hombros, a lo que éste accedió. Entonces Heracles tomó las manzanas y se marchó. A partir de ahí, se pensó que como un atlante sujetaba el cielo, también podía sujetar algún edificio que desde luego pesaba algo menos.


















En otra versión, Diodoro Sículo afirmaba que Atlas o Atlante era un mítico rey de Mauritania, en Libia. Se decía que era un sabio filósofo y matemático y un extraordinario astrólogo, descu-bridor de la esfericidad de las estrellas y artífice del primer globo celeste. Ésta sería la razón por la que terminaría convirtiéndose un personaje fantástico que llevaría el firmamento completo sobre sus hombros. Aunque desde mediados del siglo XVI es frecuente mostrar al titán Atlas en los atlas cartográficos, no fue a éste sino al rey libio a quien el geógrafo Gerardus Mercator rindió tributo cuando usó por primera vez el nombre «atlas» para describir un libro de mapas, al incluir una representación suya en la página-título de su libro Atlas, Sive Cosmographicae Me-ditationes De Fabrica Mundi publicado póstumamente en 1595. Un atlante es hoy alguien que es firme sostén y ayuda de algo pesado o difícil. Dentro del campo de la arquitectura, se llama “atlante” a las figuras de hombres que, en lugar de columnas, se ponen en el denominado “orden atlántico” y sustentan sobre sus hombros o cabeza el arquitrabe de dicho orden. Atlas sigue siendo un icono frecuentemente usado en la cultura y publicidad occidentales como símbolo de fuerza o resistencia estoica. En estas representaciones contemporáneas, se le suele mostrar aga-chado con una rodilla en el suelo mientras sujeta un enorme globo terráqueo sobre sus hombros y espalda, imagen que no se corresponde a la antigua concepción griega del titán que sujetaba el cielo.












De origen menos noble y mitológico, una cariátide es una figura femenina esculpida con función de columna que sirve de apoyo al arquitrabe del entablamento. La cariátide pertenece al orden jónico, y el más típico de los ejemplos es la famosa tribuna de las Cariátides en el Erec-teion, uno de los templos de la Acrópolis de Atenas. El nombre proviene de la ciudad de Caria en Lacedemonia, un territorio que forma parte del Peloponeso cuya ciudad más importante fue Esparta. Se dice que, siendo esta ciudad aliada de los persas durante las Guerras Médicas, sus habitantes fueron exterminados por los otros griegos y sus mujeres fueron convertidas en esclavas, y condenadas a llevar las más pesadas cargas. De ese modo, se las esculpe en lugar de columnas, para que estén condenadas durante toda la eternidad a aguantar el peso del templo. En 1550, Jean Goujon, arquitecto y escultor del rey Enrique II de Francia talló unas cariátides en el palacio del Louvre que sostienen la plataforma de los músicos en la sala de los guardias suizos y que actualmente se llama de las Cariátides. Sin embargo, Goujon sólo había conocido las cariá-tides del Erecteion mediante inscripciones y nunca había visto las originales. Sin embargo, no existieron o no se han conservado otros ejemplos de templos griegos que usen las cariátides como elemento sustentador.


















Sin embargo durante el Renacimiento y el Barroco, estos elementos antropomorfos vuelven a recuperarse y sus uso se incluye en el repertorio formal arquitectónico. Desde su papel de figura hierática en la Antigüedad, la historia va convirtiendo a la cariátide en algo mucho más sugeren-te con figuras que lucen drapeados ajustados y poses desenfadadas. Ahora no solamente tiene que trabajar como en la antigüedad, sino que también tiene que estar buena. Buen ejemplo de ello son las denominadas fuentes Wallace, un tipo de fuente pública, originaria de París. Hacia 1870, la ciudad vivía una época difícil, alimentada por la guerra franco-prusiana y el episodio de la Comuna que afectaron al orden y a la estabilidad de la capital. A pesar de todo la ciudad es reconstruida con rapidez gracias, en parte, a las actuaciones filantrópicas de la burguesía de la época. Uno de estos filántropos fue Richard Wallace. Heredero de un gran fortuna decidió po-nerla al servicio de la ciudad lo que le valió una gran popularidad. Las fuentes surgen por el aumento del precio del agua, lo que impedía a las clases más desfavorecidas acceder a ella. Wa-llace no solo pretendía solventar un problema de salud pública sino que buscaba hacerlo de la forma más artística posible de tal forma que las fuentes sirvieran también como elemento ornamental. Richard Wallace diseñó varios modelos de sus fuentes partiendo de cuatro ideas: en primer lugar debían poseer unas dimensiones suficientes para ser vistas de lejos pero sin romper la armonía del paisaje urbano. Debían igualmente combinar utilidad y estética utilizándose un material resistente y de fácil mantenimiento. Todo ello con un precio razonable que permitiera instalar un gran numero de ejemplares. El ayuntamiento de París decidió el color, un verde oscuro similar al que ya lucia el resto del mobiliario urbano de la época.


















El material finalmente elegido fue la fundición de hierro, un material económico, fácil de trabajar, robusto y de uso corriente. El escultor Charles-Auguste Lebourg fue el encargado de plasmar artísticamente el proyecto de Wallace, disponiendo fuentes con cariátides en el modelo grande. Este modelo, de casi tres metros de altura y más de media tonelada de peso fue el más habitual y por ello el más conocido. Inspirado en la también parisina Fuente de los Inocentes, tenía una base octogonal sobre la que reposan la figura de cuatro cariátides que sujetan con ambas manos y sus cabezas una cúpula adornada con un pico y delfines. Aunque puedan parecer idénticas, al igual que las cariátides del Erecteion las de Wallace tienen algún detalle que las diferencia de las demás. Representan la bondad, la simplicidad, la caridad y la sobriedad. Simplicidad y Sobriedad tienen los ojos cerrados mientras que Bondad y Caridad los tienen abiertos, mire usted por dónde. Las cariátides representan además las cuatro estaciones: Simplicidad la primavera, Caridad el verano, Sobriedad el otoño y Bondad el invierno. El agua se distribuía por goteo desde el centro de la cúpula y caía en un vaso central protegido. Para facilitar el consumo del agua contaba con unos recipientes metálicos unidos a la fuente por una pequeña cadena que en 1952 fueron suprimidos por razones higiénicas.

sábado, 1 de agosto de 2009

Paisaje y pasaje













Una flor que despunta
y asoma en Salamina
por la muerte de Áyax;

esos antros oscuros

que señalan, obscenos,
los refugios de Pan,

de las ninfas procaces:

Menelao y su plátano,
plantado, frente a Esparta,

en su viaje hacia Troya,

y también la garganta;

del Ladón que desciende

a través de los montes

de su Arcadia primera

a la propia llanura;

el Asopo que hermana,

en cañadas profundas,

los caminos de vuelta

en sutiles viñedos;

las montañas azules,

en umbrosos senderos

a orillas del Egeo,

robledales y selvas,

de la propia Beocia;

por la tierra de Grecia,

entre cultos solemnes,
la sede de los hombres,

sus clásicas ruinas

con su carga y nostalgia;

esa Tebas desierta,

los restos de su plaza,

ciudadanos de Eubea,

reducidos a pastos

y el gymnasium antiguo,

convertido, a su costa,

en un campo lozano.

lunes, 18 de mayo de 2009

¿Sólo playa...?










Las zonas costeras han sido, a lo largo de la historia, zonas de vital relevancia para los asentamientos urbanos, principalmente cuando de su situación dependía un gran porcentaje de sus actividades económicas. En otros casos, las costas se encontraban despobladas y los asentamientos se situaban en el interior por distintas circunstancias que tenían que ver, tanto con la economía de sus habitantes como de distintos factores defensivos. El arco mediterráneo presenta, sin embargo, características peculiares: en el caso de España se da la paradoja que el 44% de la población vive en municipios costeros que apenas representan el 7% del territorio.
















Por otro lado, la masiva afluencia de turistas que eligen la costa para sus vacaciones y las actividades económicas que produce su uso masivo uso ha producido que algunos ecosistemas y habitats se hayan degradado a gran velocidad. Esta presión sobre la franja ha originado en algunos puntos la percepción generalizada de que se asiste al desbordamiento de su capacidad, como también al declive de los modelos de uso tradicionales, unida a la paulatina degradación de sus valores naturales.















Esta presión es especialmente relevante en las playas de algunos países del arco mediterráneo donde más de la mitad de las mismas están en entornos ya urbanizados y el 50% de su longitud requieren actuaciones para alcanzar un estado satisfactorio. Se hace evidente que el modelo de uso y gestión de la costa llevado a cabo en las últimas décadas no es sostenible. También es evidente que el reto no es posible afrontarlo desde una perspectiva local o autónoma en particular. Por otro lado, el modelo municipal de generar ingresos dependientes de la concesión de licencias de construcción parece también haber llegado a su fin: llega el momento de la colaboración entre las diferentes administraciones y sectores sociales para hallar la manera de gestionar la zona costera protegiendo sus valores y evitando su definitiva (y previsible) degradación total.















El pleno del Parlamento Europeo ha aprobado recientemente un informe no vinculante de la europarlamentaria danesa Margrete Auken en el que se denuncia que en España se ha generado una forma endémica de corrupción en la urbanización de costas, responsabilizando a todos los niveles de la administración de la implantación de un modelo de desarrollo insostenible. La propia Ley de Costas española de 1988 ha tenido una aplicación caótica y arbitraria. Ignorada durante muchos años, no evitó la urbanización masiva e ilegal ni la destrucción del medio natural en muchos kilómetros de costa y tampoco preservó de la especulación los intereses comunes de los ciudadanos. Ahora su aplicación, con carácter retroactivo, está dañando los intereses de muchos particulares que compraron viviendas construidas anteriormente.














La idea que se tiene con relación a esa política es que no se ha aplicado durante muchos años frente a la destrucción del paisaje, y tampoco en defensa de espacios naturales de interés común y ahora se está aplicando con contundencia desigual. Se arrasan viviendas tradicionales en poblados marineros (en muchos pueblos costeros la construcción tradicional es a línea de mar), mientras se mantienen urbanizaciones, hoteles, chalets, o instalaciones industriales que incumplen dicha ley. Esa circunstancia responde, sin duda al modelo de ingreso típico de los municipios costeros, más pendientes del cobro de nuevas licencias o permisos de construcción que de mantener el equilibrio del paisaje, que es lo que realmente proporcionará, a largo plazo, la prosperidad del entorno. A esta cuestión responde también la irracionalidad de la construcción de miles de segundas residencias privadas, cuya ocupación es de sólo de unos pocos meses al año, con el consiguiente gasto en infraestructuras que tardan mucho tiempo en ser amortizadas.















El modelo vacacional escalonado generaría un uso público de infraestructuras vacacionales asequible a todos a lo largo del año. Sin embargo, el modelo llevado a cabo desde los años setenta produce una costa deteriorada, plagada de construcciones impropias, con un uso abusivo de agua, una economía estacional y una oferta de trabajo precaria y discontinua. Eso quiere decir que las reformas de este sistema conducen a un trabajo a muy largo plazo, con el cambio de modelo consiguiente, y en cualquier caso suprimiendo los meses estivales como prácticamente inhábiles en algunas administraciones obsoletas.














La costa es un área que alberga espacios de gran valor ecológico, cultural, social y económico. Por este motivo la franja costera ha constituido desde la antigüedad un foco de atracción, si bien es hoy en día cuando los efectos de dicha presencia humana son significativamente notables. En ese sentido, dado que en la actualidad es el uso lúdico el principal factor de atracción, son las costas mediterráneas y archipiélagos las que más han notado dichos efectos. Pero mas allá de situaciones concretas, lo que realmente debe centrar el debate de sostenibilidad es la situación y tendencia evolutiva de la superficie de área urbanizada, o la velocidad de ocupación de paisajes no construidos con nueva urbanización, pues estos son los factores a tener en cuenta a la hora de establecer una gestión futura.















También es significativa la transformación del litoral, bien por la construcción de puertos, o bien por la necesidad de proteger los servicios adyacentes a la línea de costa parte del frente costero haya perdido ya su configuración natural y se ha transformado en un frente “artificial”. Se puede afirmar, por consiguiente, que los modelos de crecimiento urbanístico y de gestión turística del litoral de las últimas décadas, y muy en particular los del arco mediterráneo y archipiélagos, en el caso español, se han basado en estrategias de desarrollo que han primado el volumen. Esto ha acabado generando en muchas zonas espacios lúdicos de características cada vez más urbanas, densificados y poco diferenciados, que comienzan a entrar en contradicción con las nuevas tendencias de la demanda turística.















También es un hecho constatado que la ocupación de los espacios naturales o la alteración de la dinámica litoral debido al elevado grado de intervención en la franja costera genera desequilibrios con consecuencias medioambientales, económicas y sociales. Dentro de estos últimos cabe destacar la presencia de innumerables puertos, diques, espigones, muros de contención etc. que suponen interrupciones y discontinuidades graves para la dinámica litoral, con acumulaciones excesivas o fuertes erosiones, que generan pérdidas y aumentan el riesgo de inundación de zonas del litoral.














Cambiar la tendencia actual de degradación por una de recuperación medioambiental y cultural de la franja costera requiere, por tanto, una visión de futuro fundamentada en la toma de conciencia de los fenómenos reales y sus causas. Para eso, se debe renunciar a los tópicos al uso (incluyendo algunas actuaciones maximalistas que se están llevando a cabo amparándose en la legislación vigente) y proceder a un nuevo análisis y reinterpretación del paisaje que incluya las zonas urbanas de la propia costa, pues existen modelos sostenibles que han verificado a lo largo de la historia su indudable eficacia.

Como hace tiempo que no publicamos ninguna encuesta, a la derecha le exponemos una. por si se anima...

miércoles, 13 de mayo de 2009

Ciudad y campo (...o playa)




















Aparentemente, la separación formal entre ciudad y campo se rompe a partir de la Revolución Francesa y las transformaciones económicas y tecnológicas posteriores han ido integrando física y funcionalmente el espacio de modo que, hoy en día, las actividades y las formas de vida urbanas se han esparcido sobre la totalidad del territorio que se ha convertido en una ciudad sin confines. No obstante, ese espacio ilimitado está lleno de límites desde el punto de vista social y administrativo y la extensión de la ciudad sobre el territorio no ha hecho desaparecer las viejas divisiones del espacio sino que simplemente ha transformado su carácter y expresión. La ciudad sin confines es al mismo tiempo una ciudad confinada. En vísperas de ese estallido revolucionario que transformaría la historia y la cultura de los siglos siguientes, la ciudad todavía se definía como un conjunto de casas, edificios y plazas articuladas por calles y cerradas por una cerca común. Un recinto cerrado por murallas que contenía barrios diversos de carácter más o menos diferenciado: la idea se había venido forjando desde los tiempos altomedievales y llegó a su culminación (jamás encontrada, por cierto) en las ciudades ideales que propugnaban los teóricos y artistas del Renacimiento. Ciudad y campo eran realidades separadas, pero próximas, y esa dualidad les permitía mantener un diálogo permanente que se mantenía en constante transformación.














La población urbana que marcaba el ritmo e iba organizando su espacio, estaba influida por un entorno artificializado, construido, eminentemente cultural, que se imponía sobre los ciclos de la naturaleza limitando en parte su importancia; pero esas jóvenes ciudades eran producto del proceso de crecimiento de la población; eran aún pequeñas y quedaba aún en ellas mucho del pueblo original pues estaba muy próxima la abierta e interminable extensión del campo como elemento dominante del paisaje. Por esa razón sus rasgos sociales tendían a ser más homogéneos y en lo personal existía un comportamiento más participativo de cada habitante que conservaba un sentido de pertenencia que contrarrestaba otras diferencias sociales. El campo necesitaba de la ciudad como una evidencia cotidiana: a la ciudad llegaba el campesino para comprar y vender, para adquirir bienes para su propia subsistencia o trabajo, para realizar trámites o consultas a profesionales; más adelante, para concretar operaciones bancarias; contratar personal, buscar transportes, utilizar servicios culturales, educativos, sanitarios o para disfrutar de su tiempo libre. Cuando una crisis afectaba al campo, repercutía en la dinámica urbana y gradualmente afectaba a todos ya que el binomio ciudad-campo conformaba una comunidad que funcionaba como un sistema complejo; lo que perjudicaba a alguno de los subsistemas terminaba afectando al otro.














Resulta curioso que el acto más significativo y celebrado de la Revolución Francesa sea el asalto de la fortaleza prisión de La Bastilla parisina (en la que, por cierto, a la sazón solamente quedaba un prisionero en su interior) y la demolición subsiguiente y subasta de sus restos como material de construcción. Pero el fenómeno no para ahí y prosigue con la demolición de las antiguas murallas, las puertas y las barreras de control que separaban la ciudad del campo, pues esos elementos representaban para los ciudadanos los antiguos símbolos del poder real (o feudal, en ocasiones) de modo que la supresión de esos elementos de la historia se veía como un elemento más del progreso social. La ciudad de los ciudadanos, que no ya de los súbditos, empezó entonces una transformación radical y progresivamente acelerada, de forma que para finales del siglo XIX eran ya pocas las ciudades que habían mantenido sus puertas y elementos defensivos, ya inútiles por otra parte ante los avances de la técnica militar. También resulta paradójico que la siguiente frustrada revolución francesa de la Comuna de 1871, se libre, no ya ante murallas o castillos sino en barricadas dentro de lo que quedaba de las calles del viejo Paris, y también que las siguientes reformas urbanísticas del barón Haussman, que crea los modernos bulevares no tenga otro objetivo que permitir el paso de una pieza de artillería del calibre adecuado para poder derribar las frágiles barricadas erigidas por eventuales elementos revolucionarios.
















Antes de esa época era impensable librar una batalla urbana de ese tipo, pues las murallas las evitaban; son raros los casos de ciudades que antes de esos tiempos fueran tomadas al asalto: lo normal era sitiarlas y rendirlas por falta de suministros, sin que normalmente se produjeran desórdenes o saqueos ante la rendición. Las consideraciones prácticas, unidas al recuerdo de los antiguos horrores, pero también la tecnología de fortificación de pólvora cuyo máximo exponente fuera el ingeniero real Vauban habían producido ese equilibrio. La supresión de esos elementos defensivos por los propios habitantes de las ciudades animados por la revolución burguesa producirá, a la larga, un sometimiento del campo a la dominación de la ciudad, con la desaparición de ese equilibrio delimitador que, como el fiel de una balanza, establecía las diferencias entre campesinos y burgueses, con históricos beneficios para ambos.















El nuevo modelo de producción industrial procura el resto de la transformación, y si bien a mediados del s. XIX las ciudades son todavía claramente diferenciables en su morfología, la progresiva mecanización de la agricultura y la implantación de la industria sobre el territorio hace que la realidad del campo y la de la ciudad se conecten para formar espacios en los que predominan actividades y formas de vida que se asimilan torpemente a las antiguas formas urbanas, pero sin que exista una separación clara entre ambas. Las nuevas zonas suburbiales (etimológicamente “bajo la ciudad”) de carácter industrial se pueblan bien con emigración rural o bien con ciudadanos de bajas rentas que deben abandonar los nuevos centros de la nueva ciudad. La realidad urbana refleja ahora la disolución de los conceptos tradicionales de campo y ciudad y el resultado final de esa transformación convierte a cada pueblo en parte de la gran telaraña, en la cual la distinción está ya basada en la nueva estructura económica.











Así, el centro de la ciudad será el núcleo donde tradicionalmente se han concentrado las funciones de jerarquía, en donde se encuentran los principales monumentos simbólicos y donde se genera en buena parte la imagen de lo que empieza a ser el principio de una metrópoli. Curiosamente ese centro no es siempre permanente, y en ocasiones se desplaza de acuerdo con la estructura poblacional y, desde luego, con las condiciones de negocio, pues esa será, precisamente, la condición central de la nueva ciudad: no se trata ya de que las formas de vida urbana o las relaciones funcionales crucen claramente los limites administrativos sino que en muchos casos es el mismo espacio construido lo que se extiende sobre diversas unidades administrativas y eso produce una continuidad del fenómeno urbano por encima de las demarcaciones jurídicas o administrativas.




















La incapacidad de esta estructura para abarcar la complejidad del fenómeno produce que la ciudad integre eventualmente espacios construidos que no tienen continuidad física entre ellos y a menudo se encuentran incluso a gran distancia, y por otra parte la creciente reivindicación por parte de los ciudadanos de espacios abiertos como una antigua añoranza del campo perdido. Para explicar la situación, baste el ejemplo del ajardinamiento de las antiguas plazas mayores de algunas ciudades, pensadas inicialmente para ferias, celebraciones o espectáculos públicos, con arbolado o jardines exóticos, tan frecuente durante el último cuarto del siglo XIX, y las posteriores protestas del vecindario cuando, mucho después, la autoridad municipal ha vuelto a poner las cosas más o menos como estaban antiguamente (aunque el motivo real fuese en ocasiones la creación de aparcamientos para vehículos). Sin embargo, la creación de nuevos parques, la protección de espacios fluviales o la implantación de reservas de suelo como elementos estructurales de las nuevas áreas de la metrópoli sólo ha sido tomada en cuenta de forma muy tardía. Otro tanto puede decirse en la creación de servicios que cubran las necesidades de ampliación de esos conjuntos: existe un ejemplo reciente en un pueblo de la provincia de Toledo en el que se ha creado una ciudad para catorce mil habitantes sin un solo servicio público con la aquiescencia de las autoridades correspondientes. Hoy en día, las áreas funcionales se basan fundamentalmente en redes de relaciones en las que la movilidad de las personas, el movimiento de las mercancías y los flujos de información generan redes sobre el territorio urbano integrando espacios que no tienen a menudo continuidad física. Pero sin embargo esta definición tiene como problema que cada función urbana tiene un espacio propio que también es variable a lo largo del tiempo lo que acarrea que las delimitaciones sean necesariamente restrictivas al tomar en cuenta una sola función.















La ruralidad se ha asociado a la presencia de un alto porcentaje de población activa en el sector primario, unido a la existencia de bajas rentas, la dificultad para acceder a determinados servicios y la persistencia de hábitos y estructuras familiares anticuados. Sin embargo, una aproximación más rica y sutil a la hora de tratar de definir la ciudad desde una perspectiva económica es su consideración como artefacto productivo complejo gracias a la acumulación de actividades que le permite aumentar la eficiencia y reducir así los costes. Más que tratar de definir la ciudad en abstracto, lo importante es entender su proceso de urbanización. De ese modo, el problema urbano no consistiría en estudiar unas entidades casi naturales, bien se llamen ciudades, suburbios, zonas rurales u otras denominaciones, sino más bien el estudio de los procesos sociales que producen realidades espacio-temporales nuevos y diferentes. Sin embargo, el concepto de ciudad puede ser útil ciertamente como instrumento para el análisis histórico, es decir, para el estudio de estructuras preexistentes cuyo legado condiciona y mediatiza las transformaciones hoy en curso. La utilidad del concepto de “ciudad difusa” es, precisamente, la de definir un momento particular en este proceso histórico: aquel en el que las redes de relación abarcan ya la totalidad del territorio y hacen ciudad de todo él.


















Esta ciudad poco delimitable y sin confines es, sin embargo, una ciudad confinada desde otros puntos de vista: en primer lugar, sociales y funcionales y, en segundo lugar, políticos y administrativos. El paso del crecimiento intensivo al desarrollo extensivo del espacio urbano no se traduce necesariamente en una mayor igualdad de oportunidades para los ciudadanos a la hora de acceder a la renta, los equipamientos y los servicios, aunque el proceso de difusión de la ciudad sobre el territorio pueda tener en este campo efectos que resultan sin duda positivos en forma de una homogeneización relativa en las dotaciones. Ahora bien, esto no afecta por igual a todas las actividades económicas y son distintos los comportamientos de los sectores de alto y bajo valor añadido. Así, el territorio de esa ciudad difusa, además de conocer nuevas formas de segregación social, presenta nuevos tipos de especialización funcional. En este contexto, la fragmentación del espacio en un gran números de niveles y unidades administrativas es, al mismo tiempo, causa y reflejo de las división económica y social del territorio.


















La creciente complejidad de la gestión de los servicios y equipamientos urbanos ha conllevado en muchos lugares la creación de estructuras administrativas sectoriales que se ha favorecido conscientemente, para aplicar determinadas políticas e imposibilitar otras en base a la fragmentación administrativa de los ámbitos metropolitanos. Empresas y corporaciones se pueden valer de la fragmentación administrativa para conseguir de unas autoridades locales en competencia entre sí mejores servicios a cambio de impuestos más bajos sin que la capacidad de éstas para captar el retorno a favor de la comunidad local resulte siempre evidente. Si la producción consigue transferir algunos costes hacia el presupuesto local escapando a los impuestos puede ampliar con éxito sus beneficios a expensas de los asalariados. Esto tiene la apariencia de una pugna sobre los recursos para el consumo y no sobre los retornos de la producción, pero es esencialmente el mismo conflicto. Las muestras de cómo la fragmentación administrativa favorece las divisiones sociales en una ciudad difusa podrían alargarse más con los problemas que plantea para un planteamiento urbanístico integrado y también con las dificultades de políticas sociales redistribuidas en un mismo espacio urbano. La especialización funcional, la segregación social y la fragmentación administrativa se alimentan mutuamente para levantar y reforzar un laberinto de confines en la ciudad sin confines, hasta hacer que esa ciudad se vuelva ingobernable.












La indefinición de los límites de los espacios metropolitanos y la proliferación de divisiones administrativas en su interior contribuyen poderosamente, como hemos visto, a las tendencias espontáneas de diferenciación social de los espacios urbanos. Otros costes son aún los que se derivan de la pérdida de eficiencia administrativa y legitimidad democrática de unos entes locales que se corresponden cada vez menos con el espacio de vida de los ciudadanos. Así, administrativamente fragmentada, la ciudad difusa es no sólo la red de relaciones de la que se ha hablado, sino también una trampa para capturar a los más débiles mientras permite escapar a los poderosos. Faltas de un diseño apropiado, democráticamente definido por los ciudadanos y aplicado de acuerdo con intereses mayoritarios, los espacios urbanos no serán ya ciudades. Serán, más bien, mosaicos de parcelas social y funcionalmente especializadas, yuxtapuestas sin otro principio ordenador que el de la renta y el privilegio social. El desarrollo reciente de algunas de las grandes áreas urbanas provee indicios respecto hada dónde puede conducir, en una sociedad avanzada, un desarrollo urbano de este tipo, sometido de forma abrumadora al dictado de los intereses privados.














La transformación física del espacio es un factor importante en este proyecto de mejora, ya que, como se ha visto, la configuración del territorio es al mismo tiempo elemento resultante y elemento condicionante de los procesos sociales que en él tienen lugar, es decir, que en ese espacio las formas creadas se vuelven creadoras. Pero además de actuar sobre la forma urbana se deberá intervenir también en otros campos decisivos, y, en particular, sobre la organización de la producción y el consumo. Uno de los principales requisitos para dotarse de un proyecto de este tipo es adaptar las estructuras políticas y administrativas a los requerimientos de las nuevas dinámicas territoriales.




















A gran escala, el reto principal es dotar los espacios urbanos de mecanismos de gobierno que, sin destruir las identidades locales, ni anular la riqueza que se deriva de ellas, permita planificar y gestionar unidades significativas del territorio como regiones metropolitanas enteras. Y para establecer esos mecanismos se debe proceder necesariamente a delimitar espacios urbanos. Esta delimitación no debe tratar de recrear las desaparecidas barreras entre ciudad y campo. Se ha visto cómo, a lo largo de la historia la ciudad existió en tanto que existía una ausencia de ciudad que la rodeaba, creada quizá por ella misma con tanta o más precisión que la ciudad central, la ciudad periférica, el suburbio, el borde urbano, el alfoz árabe, o el espacio suburbano extramuros. La línea que separa estos dos espacios señalando el hasta dónde y desde dónde, resume mejor que ningún otro elemento la idea de ciudad deseada, al excluir o rechazar de forma expresa lo que en cada momento se considera como lo que no pertenece a la ciudad.




















En estos tiempos de la ciudad difusa y cuando las dinámicas urbanas integran todo el territorio, los limites administrativos deben separar los espacios urbanos centrífugos en los que el sustrato histórico, las dinámicas sociales y la escala de las intervenciones aconsejen dotar, y estos no serán el resultado de ninguna evidencia geométrica o territorial concreta, sino de las propias ideas de los ciudadanos. Y siendo la ideología el vehículo espontáneo del pensamiento y de buena parte de las reacciones que se observan, debe someterse a reflexión, si se quiere modificar la estructura territorial. Para hacer frente a los retos planteados por el desarrollo de la ciudad difusa hace falta un proyecto colectivo, y este proyecto ha de incorporar necesariamente como premisa, medio y resultado una delimitación del espacio urbano. Si existe ese impulso colectivo se podrá, en el futuro, hablar propiamente de ciudades en un mundo de ciudades. Esta es la razón por la cual, hay que dotar de nuevos confines a la ciudad sin confines.